lunes, diciembre 05, 2011

Si se pudiera

De la inspiración que se termina
tan pronto tomo la pluma,
de lo lento de la mano que tartamudea lo de la cabeza
entre garabatos indescriptibles.

De las correcciones que no guardo,
del refugio del abismo del tintero negro que remojo.

De las estrofas largas y
de la artritis en mis dedos ancianos
que se cansan del grosor de tus ropas sobreusadas.

De la publicidad infame de lo que te escribo
en el agotamiento de las letras sin mensaje.

De los pensamientos éstos
que quieren ser recuerdos, tan zafados,
de locos.

De decirte lo que quiero
y en ignoros traidores, los niegues
y me los achaques,
como si tuviera la culpa de lo tuyo
y no entiendes.

De las palabras se cansan mi boca,
mis oídos, mis dedos, mis ojos,
mis brazos, piernas y demás miembros,
que ya ni abrazas en cumpleaños,
que ya no acercas ni en desatinos;
también del olor hermoso de tu pelo
que tanto odio cuando en búsqueda de tu lengua encasillada
en el disparo de mi rostro dirigido al tuyo
desvías a tu nuca.

De las cronologías de tus momentos,
militarizados, enfilados, sentenciados,
con muerte en el rostro, agotados.

De cada verso que desde hace años es el último
y no termina de describirte nada.

De tan larga prosa que diluye el lamento dilatando
tus atenciones,
de fingir mi rostro frente al tuyo por el confuso
puñetazo arrebatado que sin aire me deja.

De la sonrisa que sólo llega al ahogarse
un grito agónico de tan peculiar cara mía.

De cuidarme, de no dejar vulnerarme
por tan sádica monarquía que es la tuya,
desa falta de confianza cotidianizada con los años
que se mueven despacio, con cuidado,
que te conocen.

Del machismo taladrado en el cerebelo tuyo
que con tanto asco ve la tormenta en mis ojos.

De concentrarme tanto, distraerme y arrepentirme
entre fantasías anónimas
de caballerosidad faltante.

De todo esto estoy harto, lo odio, me canso.

De la realidad irreflexiva
que alberga la eterna derrota que te adjudico,
del delirio que me justificarás,
de lejanías, de pesadillas, burlas.

No creas tampoco que no propongo,
que no deseo mejoras, que sólo me quejo,
que ya no preciso,
sugiero, entonces, un reencuentro,
arrepentimiento mutuo, y contento,
todo esto entre algodones azucarados
en una primavera olvidada de nubes soleadas,
de caricias de soles positivas.

En mi delirio propongo, no, le ordeno,
a esta mesa que nos divide, que haga ruido,
¡que estalle!, le exijo, también,
a las tramas que se deshilachen, de nuestras ropas,
obligo, además, al abismo de estas calles que nos separan,
que bien podrían ser mares,
que tomándose por los extremos se contraigan
abriéndose el camino más bíblico entre nuestras aguas;
y así, dominado el espacio, en mi último comando
el tiempo en un guiño sonreiría cómplice al haber
dilatado el instante en que tu pupila
comenzaba a abrírseme,
y los lacerantes clamores espasmódicos
comenzaban a crecer al alzar
de tu diafragma, que no podía con situación tan inesperada,
y tus manos, ahora garras, se aferraban en el torbellino
del único pedazo que quedaba del mundo,
el de tu verdugo,
que te habría ejecutado
con la orden de conseguir
esa expresión nerviosa,
de confusión, de liberación,
de perdición,
que supone, sin moverse, el irse,
de tu expresión dichosa.

Si se pudiera.